I
C
uando David llegó a cumplir la mayoría de edad, hacía ya bastante tiempo que estaba cansado de la vida que llevaba. En su cara eran visibles esas marcas que solo dejan largos años de infelicidad. Sus ojos grises carecían de expresión alguna, daban la impresión de estar apagados y su mirada parecía estar constantemente perdida como mirando sin ver.
Recordaba con nostalgia aquellos días en que era tan solo un niño, días en que sus únicos problemas eran las calificaciones que trajera del colegio, y de cuyo resultado dependían sus vacaciones.
A decir verdad en ese aspecto nunca tubo David mayores problemas, y los que tubo alguna vez que afrontar no fueron de aprendizaje, sino porque las lecciones no le interesaban en lo más mínimo.
Además de ir al colegio, David estudiaba piano, practicaba basketball y cada vez que las condiciones económicas lo permitían, se daba el lujo de practicar karate, se podría decir que no tenía tiempo de aburrirse, pues prácticamente no le eran suficientes las horas del día para llevar a cabo semejante cantidad de tareas.
De esa manera transcurrió la infancia de David, un niño como cualquier otro, correcto y educado, alegre y feliz; pero cuando salió del colegio las cosas comenzaron a cambiar para mal. Por más que no tuvo mayores problemas para relacionarse con sus nuevos compañeros, algunos de los cuales se convertirían luego en sus mejores amigos, las cosas en su casa comenzaron lentamente a cambiar, a tornarse más difíciles con el paso del tiempo. Para cuando cumplió los quince años, encontrándose en el ojo de la tormenta que conocemos por adolescencia, la convivencia era tan áspera que se hacía insoportable y la relación que mantenía con sus padres se había roto y jamás volvería a ser la misma.
Él estaba en una edad difícil, por lo que sus padres no prestaron mayor importancia a hecho de que su hijo menor no les hablara, al fin y al cabo, todos a los quince estuvimos peleados con el mundo.
Pensaban que simplemente era una etapa más que su hijo debería quemar, y que por lo tanto no era necesario andar gastando tiempo y palabras de forma innecesaria.
Eran estas las cosas que más le molestaban a David, se sentía como un cero a la izquierda, un estorbo, si tenia algún problema o alguna duda, jamás había tiempo para él, a nadie importaban sus problemas que según su padre nunca iban más allá decidir como se peinaría o que camisa se pondría.
--- ¡dejate de joder! ¿Té pensas que tengo pocos problemas en la cabeza como para andar escuchando pelotudeces? Ponete a estudiar algo.
Esa era la contestación que frecuentemente recibía si tenía la ocurrencia de pedir ayuda o consejo a su padre.
Vivía con lo básico, tenía que tratar de en lo posible no ser una fuente de gastos, por lo que era constantemente acosado, ni siquiera dueño de bañarse todos los días porque el calefón gastaba mucha luz.
“---¿vos que te pensas? Mira que la luz no la regalan, y no me pongas esa cara que vos acá no ayudas a pagar nada.”
Tampoco podía tomar mate, si lo hacía corría el riesgo de que le preguntaran por que aprontaba el mate para dejarlo nuevo, con la yerba seca
--- "¡Cómo se nota que no sos vos el que paga la yerba!”
De nada servía que tratara de excusarse argumentando que ya se había tomado todo el termo y que no era culpa de él que no se lavara.
Esa era la vida que llevaba, una existencia realmente miserable. Sentía que era necesario hacer algo para cambiar la situación o de lo contrario la situación terminaría por matarlo, y era necesario evitarlo a cualquier costo. En la mente de David poco a poco se iba instalando la idea de deshacerse de su padre.
Al tiempo que su imaginación volaba se reprendía por tener esas ideas tan terribles, sabía de sobra que no estaba bien pensar ese tipo de cosas, ¿pero que podía él hacer en contra de eso?. Nadie tiene la capacidad de dominar a voluntad los sentimientos propios, y para convencerse a sí mismo de que no lo pensaba seriamente se decía una y otra vez “solo es una bronca pasajera, ya verás que mañana todo estará bien otra vez” En el fondo sabía bien que se estaba engañando.
II
A pesar de todo un buen día las cosas parecieron cambiar, conoció a una chica. Poco importa su nombre, lo realmente importante fue que durante los nueve meses que estuvo con ella fue feliz, fueron los mejores días de su vida; se sentía realmente vivo, las cosas ya no eran tan malas, ella siempre tenía una palabra de cariño para él, o un gesto que le alegrara el día, cuando las cosas estaban mal siempre estaba allí lista para escucharle y consolarle, a David con eso le alcanzaba y le sobraba, era todo lo que necesitaba para sentirse pleno, libre, realizado, feliz, si... durante ese breve tiempo, durante esos nueve meses fue un chico feliz.
A menudo solían dar largos paseos por la rambla, tomados de la mano, sumidos en esa tonta conversación que es propia de los enamorados, tan importante para ellos y tan graciosa para el resto de la gente que no podía llegar comprender lo enorme de su amor.
Caminaban despacio, deteniéndose de tanto en tanto tan solo para confundirse en un interminable beso, lleno de toda la ternura que pueden tener los corazones de dos adolescentes enamorados, el cual iba irremediablemente seguido de un abrazo.
Así fue pasando el tiempo, día tras día, el otoño con sus días templados e interminables montañas de hojas secas dio paso al invierno, luego la primavera y finalmente el verano quien trajo consigo vientos de cambio en la vida de David.
Es sabido que nada dura para siempre, y el 24 de diciembre ella le dijo que todo había llegado a su fin. David quedo petrificado, por un instante no supo si se trataba de una broma o si le estaba hablando seriamente, sintió que el alma se le partía en dos cuando se dio cuenta que le estaban hablando en serio, la ira invadió todo su ser, no supo que hacer o que decir, incapaz de articular una sola palabra lo único que atinó a hacer fue salir corriendo, para que ella no le viera llorar.
A la noche todos en su casa estaban de festejo, era noche buena, nadie se había percatado de que David estaba encerrado en su habitación desde hacía por lo menos unas seis horas, solo abandonó su cuarto para ir al baño.
A eso de las once y media de la noche salió por fin de su alcoba, en su cara se notaba que había estado llorando un largo rato, tenía los ojos hinchados y muy rojos. Un temblor apenas perceptible se había apoderado de sus manos lo que hablaba a las claras del estado en que se encontraban sus frágiles nervios.
Esperó un rato a ver de que alguien le preguntara que le pasaba, pero a nadie se le ocurrió preguntarle ni siquiera que era lo que había estado haciendo toda la tarde encerrado, era evidente que a nadie le importaba un comino lo que le pasara o le dejara de pasar, y viendo que nadie se preocupaba de lo que le sucedía intento hablar con su padre, y no le había dicho ni diez palabras cuando este le dijo
---Dejáte de joder con la atorranta esa, que no sabe ni lavarse el culo, y vos tampoco --- comenzó a gritarle el padre, mitad porque estaba borracho --- ¿no se te puede ocurrir alguna otra cosa que amargarnos la noche buena a tu madre y a mí?, no te preocupes que no sos el único al que lo deja la novia, ni va ser la última vez que te pase, ¡así qué no rompas más las pelotas!
Eso fue lo que obtuvo por respuesta a su pedido de ayuda, y así de esa forma una vez más empezaron a formarse en su cabeza aquellas ideas que desde hacía unos meses tan solo eran poco más que recuerdos, recuerdos que hasta llegaron a causarle risa, pero esta vez habían cobrado más fuerza y a medida que los días transcurrían y las cosas le parecían cada vez peor, aunque en realidad no fuera así.
De a poco su mente se fue enfermando sin que nadie fuera capaz de notarlo y era solo cuestión de tiempo que estallara toda la ira y el odio que durante años había estado acumulando.
III
Pero pasaron todavía seis largos años llenos de idas y venidas, de fracaso tras fracaso; seis años en los cuales con cada día que pasaba se sentía más al margen del mundo real, creándose su propio mundo, un mundo sin sus padres, y que agradable le resultaba ese mundo, era un mundo en el cual podía ser él tal cual era, podía ser el David que conocían sus amigos, o mejor aún un David apreciado y querido por la gente, pero nada de eso podía convertirse en realidad si sus padres seguían existiendo en el mismo plano que él, era necesario sacarlos del medio definitivamente y estaba dispuesto a hacerlo y nadie se lo iba a impedir, después de todo tenía derecho a ser feliz. Eso era todo lo que David buscaba, felicidad, pero su cerebro se había enfermado, desconfiaba de todo y de todos, ya no era una persona del todo cuerda, aunque nadie acertaba a darse cuenta de lo que en realidad le pasaba.
Hacía dos años que su hermano, la única persona de la casa que mostraba un poco de afecto por él se había ido
Fue así como se puso en campaña de idear la manera de deshacerse de sus progenitores, y si había algo que a David le sobrara era inteligencia, pero no tenía recursos, o los tenía muy limitados y quizás eso le representara un problema que de alguna manera debía resolver. Si bien dejaba volar su imaginación ideando crímenes al mejor estilo de Hollywood, al poco rato se daba cuenta que no era él un asesino consumado, ni tampoco lo suficientemente fuerte como para cargar solo dos cadáveres hasta el lugar que hubiera escogido para esconderlos. Incluso era tal su inutilidad que ni siquiera sabía conducir.
Sabía que todo debía parecer normal, que la gente debía de pensar “pobre David, tan joven y a perdido a sus dos padres”, no podía existir el más mínimo error, que le diera a nadie la chance de descubrirle.
Una tarde mientras volvía de dar un paseo por el centro de Montevideo, el cual le quedaba bastante lejos puesto que vivía en Manga, vio que en la puerta de su casa se encontraba una ambulancia, pero no corrió a ver que era lo que pasaba, por el contrario caminó lo más lento que pudo disfrutando de la idea de que quizás Dios le había alivianado la tarea haciendo fallecer a alguno de sus padres, su corazón latía rápidamente y todo su cuerpo temblaba de impaciencia, le corría por la espalda el sudor, las manos le temblaban y la preocupación más grande que tenía era el parecer consternado por la tragedia, lo cual le iba a ser bastante difícil, pues es muy difícil disimular cuando uno esta feliz. Cuando llegó a la puerta de su casa dudó por un instante después entró, como siempre nadie le dio mayor importancia a su llegada, solo su padre se le acercó para decirle que nunca estaba en la casa cuando se le necesitaba y que a su madre le había dado un infarto, que no podía recibir emociones fuertes, porque podría darle otro que le causara la muerte.
David no contestó nada, sin decir palabra alguna se retiró a su habitación, nunca en su vida le había dado tanto placer el que le regañaran injustamente, por fin tenía la oportunidad de deshacerse de los dos, ¡y que fácil que sería!, dejó pasar unos días, durante los cuales no salió de su casa, hasta había pedido para faltar al trabajo para poder cuidar de su madre.
Una tarde puso en marcha el plan que le daría por fin esa libertad que tanto deseaba. Sabía que todas las tardes a eso de las dos y media su madre se levantaba para ir al baño, entonces colgó del techo del baño una gruesa cuerda se aseguró de que estaba bien sujeta, luego con mucho cuidado le hizo un falso lazo en el cual metió la cabeza, de su cuello colgaba un cartel que decía, “Lo hice porque te amo mamá, ya no voy a estorbarte más”. Ya estaba todo pronto la escena era perfecta, tan solo restaba esperar que comenzara la función.
Su madre se levantó, caminó hacia el baño como de costumbre y al abrir la puerta se encontró con ese espectáculo dantesco, fue demasiado para su débil corazón. Con los ojos entreabiertos David miraba como a su madre le daba un paro cardíaco, y esperó unos minutos, cuando se aseguró de que estaba ya del todo muerta con un hábil movimiento se soltó de la cuerda, se aplicó unos masajes en el dolorido cuello, y con gran velocidad desarmó todo el operativo, luego corrió a llamar por teléfono al padre para darle la triste noticia de que su madre había encontrado la muerte en el baño.
¡Y que fácil había resultado todo! ni siquiera tuvo que tocarla, luego de llamar por teléfono a su padre, volvió al baño, canturreando y bailando, al entrar se topó con el cadáver de su madre, lo miró por unos segundos y le dijo __permiso mami! __ y soltando una estridente carcajada salto hacia el otro lado de cadáver, abrió el botiquín y extrajo de él una crema que sabía muy bien que al contacto con los ojos era irritante, y que además no tenia el más mínimo olor, tomando coraje se frotó bastante los ojos, y luego simplemente se sentó a esperar, y aunque el ardor en sus ojos era intenso haciendo que las lágrimas salieran en grandes proporciones, se sentía inmensamente feliz. De a ratos estallaba en enfermizas carcajadas propias de una mente enferma.
Su padre vino desesperado, con los ojos llenos de lágrimas que reflejaban un dolor auténtico, David pensaba para su adentro que le duraría poco el dolor, pues él mismo se encargaría de reunirlo con ella.
Esa noche en el velatorio, David le acercó a su padre una taza de café, y tomándolo de la mano se sentó a su lado y lloró en silencio mientras su padre bebía su último café, este contenía un veneno que en escasos veinte minutos le provocaría un paro cardíaco. David espero, y de tanto en tanto miraba su reloj de pulsera, estaba impaciente por ver su obra completada, por ser libre.
Durante un instante creyó que había fracasado, pero su padre se levantó de la silla que ocupaba a su lado, tomándose el pecho con la mano izquierda se paró al lado del féretro de su difunta esposa y poniéndole la mano cariñosamente en la frente le dijo “te amo”, y calló al piso para no volver al levantarse jamás.
Nadie se extrañó con lo sucedido, todos sabían que hacía muchos años que “el viejo Pepe” tenía el corazón débil por lo que era de esperarse que una emoción fuerte acabara por matarle.
Después de tantos años, de tanto dolor y sufrimiento, todo había terminado, al fin David era un hombre libre, un hombre feliz.