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ace cosa de un año, meses más, meses menos, tenía un auto; un Fiat Palio rojo precioso que se llevó todos mis ahorros de más de seis años. Si bien no tenía una vida social muy agitada (gracias a eso pude juntar la plata) le daba un buen uso puesto que vivo en Manga y trabajo en el Buceo.
Los primeros días todo era una novedad, mi mente volaba imaginando mil aventuras en las que era yo el protagonista de innumerables orgías en el “besodromo” del puertito del Buceo, en el asiento trasero de mi auto al abrigo de los vidrios polarizados y la complicidad de la noche. Por lo que los pequeños percances de la vida cotidiana me importaban muy poco. Pero un día, de golpe y sin anestesia ¡subieron la nafta! Mi reacción natural, como la todos al ver la noticia en el informativo fue exclamar: ¡que hijos de puta! Pero por más que me indignara los precios de los combustibles no iban a variar.
Desde entonces comencé a plantearme si era lo mejor para mi el tener un auto. La patente acá en Montevideo es carísima, el seguro un asalto a mano armada y la nafta: esa definitivamente es casi inaccesible ( igual que la carne, el asado, los chorizos, el pescado, el pollo, la cuota de la mutualista, las órdenes, los tickets, el taxi y mi vecina de enfrente). A esto tenés que sumarle el costo del alineado y balanceo mensual al que hay que someter al vehículo a causa de la gran cantidad cráteres capaces de tragarse a algún conductor distraído que abundan a lo largo y ancho de la cuidad.
También están los lomos de burro (todavía quedan algunos enteros que resisten estoicamente) siempre despintados que si te agarran desprevenido podés terminar muy mal y por supuesto los semáforos, las viejas kamikazes, los malabaristas, limpiavidrios y obviamente los cuida coches con su característico chaleco naranja, que no te cuidan nada pero siempre te ayudan a estacionar en un lugar del que después no podés salir. Fijate que entre que salís de tu casa y llegas al trabajo en el trayecto esquivas de diez a veinte pozos, le haces un finito a una vieja que viene de la feria y cruza sin mirar para los costados, escuchas una sinfonía de insultos de un tipo no entiende que no tenés más monedas ( se te terminaron cinco o seis limpia vidrios atrás) y que además tu parabrisas está limpio, pero ya es demasiado tarde y ¡zas! Ahí lo tenés al tipo prendido como una garrapata de tu espolón con su escoba enjabonada deslizándose por tu parabrisas y vos te quedas pensando si lo limpia o lo ensucia. Para cuando llegas al trabajo ya no tenés ganas de discutir con el cuida coches sobre la conveniencia de estacionar en tal o cual lugar.
Entonces después de meditarlo mucho llegué a la conclusión de que era más barato y más saludable viajar en ómnibus, vendí el auto y comencé a viajar en bus.
Lo malo era que me tenía que levantar muy temprano para tomarme primero el 169 y luego el 163, por supuesto que siempre viajaba parado, al lado mío viajaba alguien que invariablemente me pisaba o me empujaba. Si lograba tomar asiento ( previa lucha con algún otro pasajero en la que no escaseaban los codazos y los empujones) el viaje transcurría entre que trataba de que no me metieran una mochila en el ojo y evitar que me llenaran de caramelos, chicles, pastillas, tubos de hilo, estampitas de San Cono, inciensos, pilas, maní con chocolate y otro sin fin de cosas que no necesito, por suerte como a esa hora todavía es demasiado temprano no subía nadie a cantar, eso era a la vuelta.
Me bajaba y caminaba diez cuadras hasta mi trabajo (y eso que me bajaba en el destino), de mal humor y lleno de chicles y caramelos que no me gustaban.
Entonces decidí que era más barato y más saludable ir a trabajar en bicicleta.
Hace una semana me compré una bici montaña azul casi nueva, una joyita.
El primer día se me salió la cadena todo el camino por lo que llegué todo engrasado, el segundo día pinché y llegué tarde así que me suspendieron, según ellos para que aprenda a ser más responsable, y el miércoles me quedé en casa aprovechando para emparchar la rueda. El jueves me quede sin frenos me caí y me rompí dos dientes pero igual llegué en hora. Hoy cuando salí de trabajar descubrí que me habían robado la bicicleta del poste del semáforo en el que la había dejado atada así que ahora me voy a casa caminando, que es más barato y más saludable porque dicen los médicos que caminar hace bien para el corazón.